Introducción.
En estos días resulta difícil pedirle a un médico venezolano que dirija su atención hacia la inteligencia artificial y hacia los desafíos bioéticos que plantea su creciente incorporación a la práctica médica. Nuestra atención está absorbida por preocupaciones más inmediatas: los recientes eventos sísmicos, la incertidumbre política, las dificultades de los servicios públicos y las restricciones que acompañan el ejercicio cotidiano de la medicina. En medio de esta realidad, hablar de algoritmos, transformación digital o gobernanza de la inteligencia artificial puede parecer una discusión distante. Sin embargo, probablemente sea precisamente ahora cuando debamos comenzar a prestarle mayor atención.
Existe cierto estado de perplejidad. Demasiadas incertidumbres compiten simultáneamente por nuestra atención. Para quienes ejercemos la medicina, a ellas se agregan las propias de nuestra profesión: atender pacientes, tomar decisiones, mantenernos actualizados y procurar una atención de calidad dentro de condiciones que no siempre son las ideales.
Frente a esta realidad, podríamos pensar que la inteligencia artificial pertenece a otro escenario. A hospitales completamente digitalizados. A grandes centros académicos. A sistemas sanitarios con historias clínicas interoperables, enormes bases de datos y sofisticadas infraestructuras tecnológicas. En otras palabras, a los países situados en la vanguardia del desarrollo tecnológico.
Pero probablemente ocurre exactamente lo contrario.
La brecha digital existe
Venezuela presenta un rezago documentable en su preparación para aprovechar las tecnologías digitales. En el Network Readiness Index 2024, el país ocupó la posición 104 entre 133 economías evaluadas. Se situó en el puesto 106 en tecnología y 110 en personas. Dentro de los subpilares evaluados, ocupó el puesto 126 en Governments y 123 en regulación (1).
Estos indicadores deben interpretarse con prudencia. No constituyen una medición específica de la digitalización del sistema sanitario venezolano. Sin embargo, permiten comprender el entorno tecnológico, institucional y regulatorio dentro del cual deberá producirse esa transformación.
En el ámbito sanitario, el desafío resulta todavía más complejo. La Organización Panamericana de la Salud ha identificado para América Latina y el Caribe dificultades relacionadas con conectividad, interoperabilidad, sistemas de información, alfabetización digital y gobernanza. También ha advertido que las desigualdades de acceso a las tecnologías digitales pueden trasladarse al ámbito sanitario y profundizar inequidades existentes (2,3).
Desde esta perspectiva, parecería razonable concluir que Venezuela llegará tarde a la medicina impulsada por inteligencia artificial.
Pero esa conclusión puede ser equivocada.
Brecha digital no significa ausencia de inteligencia artificial
Esta distinción resulta fundamental.
La inteligencia artificial contemporánea no necesita esperar que nuestros hospitales estén completamente digitalizados. Tampoco necesita esperar que dispongamos de historias clínicas electrónicas interoperables, grandes centros de procesamiento de datos o estrategias nacionales consolidadas de transformación digital.
Puede entrar por otras puertas.
Está disponible a través de Internet. Está en nuestros teléfonos inteligentes. Está incorporándose a aplicaciones y plataformas digitales utilizadas por médicos y pacientes. También comienza a integrarse dentro del software de numerosos dispositivos médicos.
La OMS reconoce aplicaciones de la inteligencia artificial en diagnóstico, atención clínica, investigación, desarrollo de medicamentos, salud pública y vigilancia epidemiológica. Al mismo tiempo, advierte que la velocidad del desarrollo tecnológico puede superar la evolución de los marcos regulatorios y de las capacidades institucionales necesarias para implementarla responsablemente (4,5).
Esta observación tiene especial importancia para países con limitaciones estructurales.
Un médico no necesita trabajar en un hospital completamente digitalizado para utilizar inteligencia artificial. En muchos casos basta con disponer de un teléfono inteligente y acceso a Internet. Desde ese dispositivo puede consultar un modelo generativo capaz de procesar información clínica, resumir literatura científica, analizar documentos, interpretar imágenes o proponer alternativas diagnósticas y terapéuticas.
El paciente dispone progresivamente de posibilidades semejantes.
La inteligencia artificial comienza así a penetrar el acto médico desde ambos lados de la relación clínica.
Por un lado, aparece un iPaciente, cada vez más informado, conectado y asistido por algoritmos. Por otro, comienza a emerger un iDoctor, que incorpora estas herramientas para buscar información, documentar, interpretar datos y apoyar sus decisiones.
La inteligencia artificial también está dentro de los dispositivos médicos
Existe otra vía de penetración posiblemente menos evidente.
La IA puede encontrarse integrada dentro del software encargado de adquirir, procesar, reconstruir o interpretar información clínica. La OMS ha desarrollado precisamente un marco para establecer cómo debe generarse evidencia durante el entrenamiento, validación, evaluación y vigilancia posterior a la comercialización de dispositivos médicos basados en inteligencia artificial (6).
Esta realidad adquiere especial importancia en las especialidades altamente dependientes de tecnología.
Cardiología, radiología, oncología, anatomía patológica y medicina crítica generan enormes cantidades de información digital. Electrocardiogramas, ecocardiogramas, tomografías, resonancias magnéticas, angiografías, imágenes histológicas, registros fisiológicos y resultados de laboratorio constituyen información susceptible de procesamiento algorítmico.
Para quienes ejercemos la cardiología, esta transformación resulta particularmente cercana. Un electrocardiograma puede dejar de ser únicamente una representación de la actividad eléctrica cardíaca y convertirse en una fuente de información para algoritmos capaces de reconocer patrones que incluso pueden escapar a la interpretación visual convencional.
La IA puede participar en la optimización de una imagen, automatizar una medición, reconocer un patrón o generar una alerta mediante algoritmos incorporados por el fabricante.
En estos casos, el médico puede incluso no percibir completamente cuándo está utilizando inteligencia artificial.
La IA deja de presentarse necesariamente como una aplicación independiente y comienza a convertirse en una capa tecnológica integrada dentro de los instrumentos utilizados para ejercer la medicina.
Una transformación silenciosa
Aquí aparece la paradoja venezolana.
La velocidad de penetración de la inteligencia artificial puede superar la velocidad de modernización de nuestra infraestructura sanitaria.
Podemos encontrarnos con médicos utilizando modelos generativos mientras las instituciones carecen de historias clínicas interoperables. Podemos incorporar dispositivos con algoritmos avanzados mientras persisten dificultades de conectividad. Podemos recibir recomendaciones producidas por IA antes de disponer de protocolos institucionales que establezcan cómo validarlas, documentarlas, auditarlas o determinar responsabilidades.
La OPS plantea precisamente que la inteligencia artificial debe comprenderse dentro de un proceso más amplio de transformación digital. Este requiere conectividad, interoperabilidad, gobernanza de datos, sistemas integrados, capacidades técnicas y mecanismos adecuados de supervisión (7).
Cuando estos componentes son insuficientes, la utilización de inteligencia artificial no necesariamente desaparece.
Lo que puede disminuir es nuestra capacidad para gobernarla.
Esta diferencia resulta fundamental.
No estamos únicamente ante una brecha de acceso tecnológico. Está emergiendo otra brecha potencialmente más compleja: la existente entre disponer de inteligencia artificial y poseer las competencias necesarias para comprenderla, evaluarla críticamente y utilizarla responsablemente.
Una nueva dimensión de la brecha digital
Durante años hemos entendido la brecha digital fundamentalmente como desigualdad en el acceso a computadoras, conectividad e Internet.
La inteligencia artificial obliga a ampliar ese concepto.
Ya no debemos preguntarnos solamente quién tiene acceso. Debemos preguntarnos también quién comprende cómo funcionan estas herramientas, quién conoce sus limitaciones, quién puede reconocer sus errores y sesgos, quién protege los datos introducidos en ellas y quién posee las competencias necesarias para decidir cuándo aceptar o rechazar una recomendación algorítmica.
La propia OPS considera prioritarios la conectividad, la alfabetización digital, la interoperabilidad y una gobernanza adecuada para evitar que la transformación digital profundice desigualdades existentes (8).
Por ello, Venezuela enfrenta un desafío doble.
Necesitamos disminuir nuestra brecha digital y, simultáneamente, aprender a gobernar una inteligencia artificial que ya está penetrando la práctica médica.
Esperar a disponer de hospitales completamente digitalizados para iniciar esta discusión significaría probablemente llegar tarde.
Del iPaciente al iDoctor
Es precisamente desde esta realidad que propongo volver a la lectura de Del iPaciente al iDoctor: ¿quién custodiará el acto médico?
No como una reflexión futurista. No como un problema exclusivo de Silicon Valley. Tampoco como una preocupación reservada para sistemas sanitarios completamente digitalizados.
Debemos leerlo desde Mérida y desde Venezuela.
Mientras intentamos resolver nuestras propias urgencias, médicos y pacientes ya tienen acceso a herramientas capaces de buscar información, procesar datos, interpretar contenidos y generar recomendaciones relacionadas con la salud.
Por eso, quizá hemos estado formulando la pregunta equivocada.
La pregunta ya no debería ser solamente:
¿Cuándo llegará la inteligencia artificial a nuestra medicina?
Una pregunta más pertinente sería:
¿Estamos preparados para reconocer que ya está llegando?
Y detrás de ella aparece una interrogante todavía más importante para nuestra profesión:
cuando la inteligencia artificial participe en el diagnóstico, el pronóstico o una decisión terapéutica, ¿quién custodiará el acto médico?
La brecha digital puede retrasar la transformación de nuestro sistema sanitario. No necesariamente puede detener la entrada de la inteligencia artificial al acto médico.
En medio de los sismos, la incertidumbre política, las dificultades de los servicios públicos y las preocupaciones que comprensiblemente ocupan nuestra atención, esta transformación puede parecer silenciosa.
Pero está ocurriendo.
La inteligencia artificial no está esperando que resolvamos nuestros problemas para entrar en la medicina venezolana.
Y precisamente por eso, la discusión sobre sus desafíos científicos, clínicos y bioéticos tampoco puede esperar.
Referencias
- Portulans Institute. Network Readiness Index 2024. Venezuela (Bolivarian Republic of). Washington, DC: Portulans Institute; 2024.
- Organización Panamericana de la Salud. Hoja de ruta para la transformación digital del sector de la salud en la Región de las Américas. 59.º Consejo Directivo, 73.ª sesión del Comité Regional de la OMS para las Américas. Documento CD59/6. Washington, DC: OPS; 2021.
- Organización Panamericana de la Salud. Venezuela (Bolivarian Republic of): End of Biennium Assessment 2022–2023. Washington, DC: OPS; 2024.
- World Health Organization. Artificial Intelligence for Health. Geneva: World Health Organization; 2024.
- World Health Organization. Ethics and governance of artificial intelligence for health: guidance on large multi-modal models. Geneva: World Health Organization; 2024.
- World Health Organization. Generating evidence for artificial intelligence based medical devices: a framework for training, validation and evaluation. Geneva: World Health Organization; 2021.
- Pan American Health Organization. Artificial intelligence within the framework of digital transformation. Washington, DC: PAHO.
- Pan American Health Organization. Strategic Plan of the Pan American Health Organization 2026–2031. Outcome 2.4: Digital transformation, science, and health intelligence. Washington, DC: PAHO; 2025.





