Introducción
La educación médica contemporánea se inscribe en un escenario de profundas transformaciones culturales, económicas y sociales asociadas a la globalización. Este proceso ha redefinido no solo los sistemas de producción, circulación y validación del conocimiento científico, sino también los valores que orientan el comportamiento individual y profesional, incluyendo de manera directa el ejercicio de la medicina (1). En este contexto, la formación del médico no ocurre en un vacío ético ni en un entorno socialmente neutro, sino en sociedades atravesadas por tensiones crecientes entre tradición y modernidad, deber y autoexpresión, vocación de servicio y racionalidad utilitaria.
Diversos estudios sociológicos han documentado que la globalización ha acelerado un cambio cultural caracterizado por la progresiva erosión de valores tradicionales y la emergencia de sistemas de valores centrados en la autonomía individual, el logro personal y la legitimación instrumental del poder. La Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey, WVS), uno de los estudios comparativos más amplios y sistemáticos realizados a escala global, ha mostrado desde la década de 1980 un desplazamiento sostenido desde valores asociados a la autoridad moral, la responsabilidad colectiva, la disciplina y el servicio, hacia valores de autoexpresión, individualismo y relativización de las autoridades tradicionales (2,3). Este cambio cultural ha tenido implicaciones profundas para profesiones con un alto contenido moral, como la medicina, afectando el profesionalismo, la relación médico-paciente y la confianza social depositada en la profesión (4).
En el ámbito de la educación médica, estos cambios se traducen en una tensión creciente entre la necesaria excelencia técnica y la formación ética del futuro profesional. Si bien los avances científicos y tecnológicos han ampliado de manera notable las capacidades diagnósticas y terapéuticas, también han incrementado el poder clínico del médico y la complejidad de las decisiones morales asociadas al cuidado de la vida humana. En este contexto, diversos informes internacionales han advertido sobre una brecha creciente entre competencia técnica y formación humanística. La Comisión Lancet sobre la educación de los profesionales de la salud subraya que los modelos formativos contemporáneos han priorizado la transmisión de conocimientos y habilidades, descuidando la formación de la identidad profesional, el juicio ético y la responsabilidad social (5). De manera convergente, el Consenso Global sobre la Responsabilidad Social de las Facultades de Medicina enfatiza la necesidad de reorientar la educación médica hacia el compromiso con las necesidades de la sociedad y el bien común (6).
La motivación de este artículo surge a partir de la lectura del texto sobre Rafael Alfonzo Ravard, compartido por el Dr. Acacio Sandia en un espacio académico, cuya reflexión sobre el ejercicio del poder basado en competencia, integridad y discreción ofrece un contraste particularmente elocuente frente a los desafíos actuales del profesionalismo. La figura de Ravard, caracterizada por el cumplimiento del deber, la excelencia técnica y el distanciamiento deliberado del protagonismo, invita a repensar el sentido moral del poder profesional en un tiempo marcado por la visibilidad, la inmediatez y la fragilización de las referencias éticas.
A la luz de este contexto, el presente artículo propone la ética de las virtudes como un fundamento antropológico y pedagógico indispensable para la educación médica contemporánea. Más allá de los enfoques normativos o puramente instrumentales, la ética de las virtudes permite integrar competencia técnica, discernimiento moral y responsabilidad social, orientando la formación del médico no solo hacia lo que debe saber hacer, sino hacia el tipo de profesional y de persona que debe llegar a ser (7). Desde esta perspectiva, se exploran las implicaciones del cambio global de valores para la educación médica, con especial atención al contexto venezolano, y se plantea la necesidad de recuperar la formación del carácter como eje estratégico del profesionalismo médico en el siglo XXI.
Globalización y transformación de los valores sociales
La globalización ha sido uno de los procesos más influyentes en la reconfiguración de los valores contemporáneos. Más allá de su dimensión económica y tecnológica, ha implicado una transformación profunda de las creencias, normas y expectativas que orientan la vida social y profesional. La intensificación de los flujos de información, personas y capital ha modificado la manera en que las sociedades comprenden la autoridad, el deber, el éxito y la responsabilidad colectiva, generando un entorno cultural caracterizado por el pluralismo moral y la relativización de referencias tradicionales (1).
En este contexto, las profesiones históricamente asociadas al servicio público y al compromiso moral, como la medicina, enfrentan tensiones crecientes entre su vocación fiduciaria y las lógicas emergentes del mercado, la visibilidad y la eficiencia inmediata. El reconocimiento social del profesional ya no se apoya exclusivamente en la trayectoria, la experiencia o la autoridad moral, sino que se ve crecientemente mediado por indicadores de rendimiento, posicionamiento institucional y validación externa. Este desplazamiento tiene implicaciones directas sobre el sentido del profesionalismo y sobre las motivaciones que orientan la formación y el ejercicio médico.
La Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey, WVS) proporciona un marco empírico sólido para comprender estos cambios. A través de múltiples olas desde 1981, la WVS ha identificado dos grandes ejes de transformación cultural: el tránsito desde valores tradicionales hacia valores seculares-racionales, y desde valores de supervivencia hacia valores de autoexpresión (2,3). Este proceso se asocia con una menor centralidad del deber, la obediencia y la autoridad moral, y con una mayor valoración de la autonomía individual, la autoafirmación y la satisfacción personal.
Si bien estos cambios han contribuido a avances significativos en libertades individuales y derechos civiles, también han generado efectos ambivalentes en el ámbito profesional. En la medicina, el predominio de valores individualistas puede traducirse en una instrumentalización del conocimiento, una reducción del compromiso con el bien común y una fragilización del profesionalismo clásico, históricamente sustentado en la responsabilidad social y la confianza pública (4). La relación médico-paciente, en particular, se ve afectada cuando el acto clínico se percibe más como una transacción que como una práctica moral orientada al cuidado del otro.
La globalización, por tanto, no elimina la necesidad de valores compartidos, sino que desplaza el desafío hacia la formación de criterios morales sólidos capaces de orientar la acción profesional en contextos culturalmente diversos y moralmente plurales. Para la educación médica, esto implica repensar los fundamentos axiológicos de la formación profesional y preguntarse qué valores deben ser preservados, reinterpretados o fortalecidos para sostener el sentido ético de la medicina en un mundo globalizado. Estas interrogantes adquieren especial relevancia cuando se analizan realidades nacionales específicas, como el caso venezolano, donde el cambio cultural se entrelaza con profundas crisis institucionales y sociales.
La Encuesta Mundial de Valores como marco interpretativo del cambio cultural
La Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey, WVS) constituye uno de los estudios comparativos más amplios y sistemáticos para analizar la evolución de los valores sociales a escala global. Iniciada a comienzos de la década de 1980, la WVS ha recogido información en más de un centenar de países a lo largo de sucesivas olas, lo que permite examinar tanto tendencias longitudinales como diferencias culturales entre regiones y contextos históricos (2). Su relevancia para la educación médica radica en que ofrece un marco empírico que ayuda a comprender los cambios en las expectativas sociales hacia las profesiones y, en particular, hacia aquellas con un alto contenido moral, como la medicina.
El modelo analítico de la WVS se organiza en torno a dos ejes fundamentales. El primero describe el desplazamiento desde valores tradicionales, asociados a la autoridad moral, la religión, el deber y la obediencia a normas establecidas, hacia valores seculares-racionales, donde se privilegian la autonomía individual, la racionalidad instrumental y la relativización de las autoridades tradicionales (3). El segundo eje refleja el tránsito desde valores de supervivencia, centrados en la seguridad económica y física, hacia valores de autoexpresión, que enfatizan la realización personal, la participación social y la libertad de elección (2,3).
Estos desplazamientos culturales no son homogéneos ni lineales. Dependen de factores como el nivel de desarrollo económico, la estabilidad institucional y las experiencias históricas de cada sociedad. Sin embargo, la evidencia acumulada por la WVS muestra que, a medida que avanzan los procesos de modernización y globalización, tienden a debilitarse los valores ligados al deber colectivo y a fortalecerse aquellos centrados en el éxito individual y la autoafirmación (3). En el ámbito de la medicina, este cambio puede generar tensiones entre la lógica de la autoexpresión y las exigencias éticas inherentes al cuidado de personas vulnerables.
Desde la perspectiva de la educación médica, la WVS resulta especialmente útil para explicar por qué los modelos tradicionales de profesionalismo enfrentan hoy mayores dificultades para reproducirse. Valores como la confianza social, el compromiso con el bien común y la aceptación de límites morales al ejercicio del poder clínico ya no pueden darse por supuestos; requieren ser explícitamente enseñados, modelados y evaluados en contextos educativos marcados por pluralismo moral y cambio cultural acelerado (4). Esta constatación adquiere particular relevancia en países donde la fragilidad institucional amplifica los efectos del cambio de valores, como ocurre en Venezuela, y plantea la necesidad de repensar los fundamentos éticos de la formación médica contemporánea.
Venezuela en el contexto del cambio global de valores
El caso venezolano constituye un escenario particularmente ilustrativo para analizar los efectos del cambio global de valores descritos por la Encuesta Mundial de Valores. A diferencia de otras sociedades donde la transición hacia valores de autoexpresión ha estado acompañada por estabilidad institucional y crecimiento económico, en Venezuela este proceso ha ocurrido en un contexto de prolongada crisis política, económica e institucional, lo que ha intensificado sus efectos disruptivos sobre la vida social y profesional (1).
Los datos de la WVS correspondientes a Venezuela evidencian una erosión sostenida de la confianza interpersonal e institucional, así como una disminución del valor social atribuido al mérito, la autoridad profesional y la responsabilidad colectiva (2,19). Este fenómeno se asocia a la precarización de las instituciones, la politización de la vida pública y la normalización de prácticas que debilitan la cultura del cumplimiento y la rendición de cuentas. En este entorno, reaparecen con fuerza los valores de supervivencia, coexistiendo de manera paradójica con aspiraciones de autoexpresión, lo que genera tensiones éticas profundas en el ejercicio profesional (3).
En el ámbito de la educación superior y, de manera particular, de la educación médica, estas transformaciones se traducen en dificultades para sostener modelos tradicionales de profesionalismo. La migración masiva de docentes y estudiantes, la fragilidad de los sistemas de salud y la pérdida de referentes éticos estables comprometen la transmisión intergeneracional de valores profesionales como la prudencia, la justicia, la responsabilidad y el sentido del deber (4,7). A ello se suma la presión asistencial y la escasez de recursos, que obligan a tomar decisiones clínicas complejas en contextos de alta vulnerabilidad social.
En este escenario, la educación médica venezolana enfrenta un doble desafío. Por un lado, debe responder a las exigencias técnicas de una medicina cada vez más compleja y globalizada; por otro, debe reconstruir una base ética sólida capaz de sostener la confianza social en la profesión médica. Esta realidad pone de manifiesto que la formación por competencias, aunque necesaria para garantizar estándares mínimos de calidad y seguridad del paciente, resulta insuficiente si no se acompaña de una reflexión profunda sobre el carácter moral del profesional que se forma y sobre el uso responsable del poder clínico.
Así, el contexto venezolano no solo amplifica los efectos del cambio global de valores, sino que revela con particular claridad la urgencia de reintegrar la dimensión ética y humanística en la educación médica. Formar médicos técnicamente competentes pero éticamente frágiles en sociedades marcadas por la desconfianza institucional implica un riesgo significativo para la legitimidad de la profesión y para la calidad del cuidado de la salud. En consecuencia, repensar la educación médica desde una perspectiva ética integral se convierte en una tarea prioritaria para responder de manera responsable a las necesidades del país.
Impacto del cambio de valores en la educación médica y el profesionalismo
Las transformaciones culturales asociadas al cambio global de valores han tenido un impacto directo y profundo en la educación médica y en la comprensión contemporánea del profesionalismo médico. En un contexto donde se fortalecen valores como la autoexpresión, el logro individual y la racionalidad utilitaria, la formación del médico corre el riesgo de orientarse de manera predominante hacia la adquisición de habilidades técnicas y resultados medibles, en detrimento de la vocación de servicio y del compromiso con el bien común que históricamente han caracterizado a la profesión médica (1).
Uno de los efectos más visibles de este proceso es la mercantilización progresiva de la educación médica, entendida como la transformación de los procesos formativos en productos académicos evaluados principalmente por indicadores de eficiencia, productividad y certificación. Si bien estos mecanismos han contribuido a mejorar la estandarización y la calidad técnica de la formación, también han favorecido una cultura educativa centrada en el rendimiento individual y la competencia externa, debilitando la dimensión moral del acto educativo y la reflexión crítica sobre el sentido del ejercicio profesional (5).
En el ámbito del ejercicio clínico, el desplazamiento de valores se manifiesta en tensiones crecientes entre el profesionalismo clásico, basado en la responsabilidad fiduciaria hacia el paciente y la sociedad, y modelos contemporáneos que privilegian la autonomía individual del médico, la defensa legalista y la subordinación de la práctica médica a intereses económicos, políticos o institucionales (10,17). La relación médico-paciente, tradicionalmente sustentada en la confianza, se ve afectada cuando el acto clínico es percibido como una transacción o un servicio condicionado por factores externos, más que como una práctica moral orientada al cuidado del otro.
Estos fenómenos ayudan a explicar por qué diversos informes internacionales han advertido sobre una crisis del profesionalismo médico. La Comisión Lancet sobre la educación de los profesionales de la salud subraya que los modelos formativos contemporáneos han priorizado la transmisión de información y competencias técnicas, descuidando la formación de la identidad profesional, el juicio ético y la responsabilidad social (5). Esta brecha entre competencia y carácter resulta especialmente preocupante en contextos de fragilidad institucional, donde la ausencia de referentes éticos sólidos amplifica los riesgos de deshumanización y pérdida de confianza social.
Frente a este escenario, se hace necesario repensar la educación médica no solo como un proceso de capacitación técnica, sino como un proyecto formativo integral orientado a la construcción de una identidad profesional moralmente sólida. La educación médica debe recuperar su función formadora del carácter, integrando de manera explícita valores, virtudes y responsabilidades sociales que permitan al futuro médico ejercer su poder clínico con prudencia, justicia y compromiso con la dignidad humana, aun en contextos marcados por el cambio acelerado de valores y las presiones del entorno globalizado.
Educación médica basada en competencias: avances y límites en un contexto de cambio de valores
Como respuesta a las limitaciones de los modelos tradicionales de formación, la educación médica basada en competencias (EMBC) ha emergido en las últimas décadas como un enfoque orientado a garantizar el desempeño efectivo del médico en contextos reales de práctica clínica. Este modelo prioriza la integración de conocimientos, habilidades y actitudes observables, así como la evaluación continua del desempeño profesional, representando un avance significativo frente a esquemas centrados exclusivamente en la transmisión de contenidos o en el tiempo de formación (12).
En un entorno globalizado, la EMBC ha permitido armonizar estándares educativos, facilitar la movilidad profesional y responder a la creciente complejidad tecnológica de la medicina contemporánea. En especialidades como la cardiología, este enfoque ha contribuido a estructurar trayectorias formativas progresivas, con niveles definidos de supervisión y responsabilidades claramente delimitadas, alineadas con marcos internacionales de calidad, seguridad del paciente y resultados clínicos (13).
Sin embargo, en un escenario marcado por el cambio de valores descrito por la World Values Survey, la educación basada en competencias presenta límites éticos relevantes. Cuando se implementa sin un marco moral explícito, corre el riesgo de reducir la formación médica a una lógica instrumental centrada en el cumplimiento de indicadores, la certificación de habilidades y la eficiencia técnica, sin una reflexión suficiente sobre el sentido del acto médico y el uso responsable del poder clínico (11). En estos casos, la competencia puede convertirse en un fin en sí mismo, desvinculada de la responsabilidad fiduciaria hacia el paciente y la sociedad.
Diversos autores han señalado que las competencias, por sí solas, no garantizan profesionalismo ni conducta ética. La capacidad de ejecutar correctamente un procedimiento, seguir una guía clínica o alcanzar un estándar técnico no asegura que el médico actúe con prudencia, justicia o compasión, especialmente en situaciones de incertidumbre, conflicto de intereses o presión institucional (4,15). En contextos culturales donde predominan valores individualistas y utilitarios, el riesgo de disociar competencia técnica y responsabilidad moral se vuelve aún más pronunciado.
Por ello, la educación médica basada en competencias debe ser comprendida no como un fin en sí misma, sino como una estructura pedagógica que requiere ser orientada por un marco ético sólido. Integrar explícitamente la reflexión moral, el desarrollo del juicio prudencial y la formación del carácter en los programas basados en competencias resulta indispensable para evitar la fragmentación del profesionalismo. Solo desde esta perspectiva la EMBC puede contribuir efectivamente a la formación de médicos capaces de integrar excelencia técnica, discernimiento moral y compromiso social, respondiendo de manera responsable a los desafíos de la globalización y del cambio cultural contemporáneo.
La ética de las virtudes como respuesta formativa ante el cambio de valores
Frente a los límites éticos de una educación médica centrada predominantemente en competencias técnicas y resultados medibles, la ética de las virtudes se presenta como un marco formativo capaz de responder de manera más profunda y coherente a los desafíos derivados de la globalización y del cambio de valores. A diferencia de los enfoques normativos centrados en reglas, principios abstractos o indicadores de desempeño, la ética de las virtudes sitúa el foco en la formación del carácter moral del profesional, preguntándose no solo qué debe hacer el médico, sino qué tipo de médico debe llegar a ser (4).
Desde la bioética clínica contemporánea, Pellegrino y Thomasma han propuesto comprender la medicina como una práctica moral orientada a un bien interno específico: el bien integral del paciente. Este bien no puede ser garantizado únicamente por la competencia técnica ni por la adhesión a protocolos, sino que exige virtudes estables que orienten el juicio clínico en contextos de incertidumbre, vulnerabilidad y asimetría moral (4,20). En este sentido, la ética de las virtudes no se opone a la formación por competencias, sino que la fundamenta y la orienta éticamente, dotándola de sentido moral.
Virtudes como la prudencia clínica (phronesis), la justicia, la fortaleza, la templanza, la honestidad intelectual y la compasión informada por la evidencia resultan especialmente relevantes en el contexto contemporáneo. Estas disposiciones del carácter permiten al médico integrar conocimiento científico, deliberación ética y responsabilidad social, evitando tanto la deshumanización tecnocrática como el subjetivismo moral. En situaciones donde las guías no ofrecen respuestas claras o donde confluyen presiones institucionales, económicas o políticas, son las virtudes las que sostienen el discernimiento prudente y la fidelidad al bien del paciente (14,15).
En un entorno cultural caracterizado por el predominio de valores de autoexpresión, logro individual y éxito visible, la ética de las virtudes ofrece un contrapeso formativo al recordar que el ejercicio de la medicina implica límites morales, deberes fiduciarios y una relación de confianza con el paciente y la sociedad. Desde esta perspectiva, la formación médica debe incorporar explícitamente espacios pedagógicos orientados al cultivo de virtudes, al ejemplo docente, a la reflexión deliberativa y al análisis crítico de dilemas reales, reconociendo que el profesionalismo auténtico es el resultado de un proceso formativo integral y sostenido en el tiempo (7,15).
Así, la ética de las virtudes se configura como el núcleo antropológico y moral capaz de articular competencia técnica, responsabilidad social y profesionalismo médico en un mundo marcado por el pluralismo moral y el cambio acelerado de valores. Integrarla de manera explícita en la educación médica no constituye un retorno nostálgico al pasado, sino una respuesta contemporánea y necesaria para formar médicos técnicamente competentes y moralmente confiables, capaces de ejercer su poder clínico como servicio y no como dominación.
Poder, política y profesionalismo médico en un contexto de cambio de valores
El ejercicio de la medicina se desarrolla inevitablemente en el seno de relaciones de poder, tanto a nivel clínico —derivado del conocimiento especializado y de la asimetría estructural entre médico y paciente— como a nivel institucional y social, donde intervienen factores políticos, económicos y culturales. En un contexto de globalización y transformación acelerada de valores, estas relaciones de poder se vuelven más visibles, más inestables y, en muchos casos, más disputadas, planteando desafíos significativos para el profesionalismo médico y su legitimidad social (10,16).
La Encuesta Mundial de Valores ha mostrado que, a medida que se debilitan los valores tradicionales de autoridad moral, deber colectivo y confianza institucional, aumenta la desconfianza hacia las instituciones y se legitiman formas instrumentales del poder basadas en la utilidad inmediata, la afiliación ideológica o el beneficio individual (2,3). En este escenario, la medicina corre el riesgo de ser politizada o instrumentalizada, ya sea subordinando el acto clínico a intereses ajenos al bien del paciente o reduciendo al médico a un mero ejecutor técnico sin autonomía moral ni voz ética propia (17).
El profesionalismo médico auténtico exige reconocer que el poder clínico es, ante todo, un poder moral. Su legitimidad no se fundamenta únicamente en el conocimiento científico ni en la posición institucional, sino en la competencia profesional, la integridad personal y la orientación constante al bien del paciente. Cuando este poder se ejerce sin una formación ética sólida, puede derivar tanto en sumisión acrítica frente a presiones externas como en abuso de autoridad, erosionando la confianza social que constituye la base misma de la relación médico-paciente (4,20).
En este punto, la reflexión sobre el ejercicio del poder basada en la competencia, la discreción y la integridad —como la que inspira el texto compartido por el Dr. Acacio Sandia sobre Rafael Alfonzo Ravard— adquiere una relevancia formativa central. La trayectoria de Ravard ilustra que el ejercicio del poder puede sostenerse en el cumplimiento del deber, la excelencia técnica y el distanciamiento deliberado del protagonismo, incluso en contextos políticos complejos y cambiantes. Este modelo contrasta de manera elocuente con formas contemporáneas de liderazgo basadas en la visibilidad, la retórica o la captura instrumental del poder.
Desde la perspectiva de la educación médica, estas reflexiones subrayan la necesidad de preparar a los futuros profesionales no solo para navegar contextos políticos e institucionales complejos, sino para ejercer liderazgo ético. Esto implica desarrollar la capacidad de discernir con prudencia los límites entre obediencia institucional, autonomía profesional y responsabilidad social, evitando tanto la neutralidad moral pasiva como la militancia ideológica acrítica. Integrar esta dimensión en la formación médica supone enseñar que el profesionalismo no consiste en la ausencia de valores, sino en la capacidad de sostener principios éticos estables en medio de presiones cambiantes, preservando la primacía del bien del paciente y el compromiso con la sociedad.
Modelos de autoridad moral silenciosa: referentes formativos en educación médica
En un contexto cultural caracterizado por la sobreexposición, la inmediatez y la búsqueda constante de reconocimiento, resulta cada vez más difícil identificar modelos de autoridad moral que ejerzan su influencia desde la coherencia, el cumplimiento y el silencio. Sin embargo, estos referentes continúan siendo esenciales para la educación médica, ya que el profesionalismo no se transmite únicamente a través de contenidos curriculares o evaluaciones formales, sino también —y de manera decisiva— mediante el ejemplo encarnado de quienes ejercen la profesión con integridad (15).
La figura de Rafael Alfonzo Ravard, evocada en el texto compartido por el Dr. Acacio Sandia, constituye un ejemplo paradigmático de autoridad moral silenciosa. Su trayectoria demuestra que es posible ejercer poder institucional de gran magnitud sin caer en el narcisismo, la corrupción o la instrumentalización política. La competencia técnica, la meritocracia, el sentido del deber y el distanciamiento deliberado del protagonismo público configuraron en él una ética del servicio que trascendió coyunturas políticas y contextos históricos diversos (18). Este modelo interpela directamente a la educación médica contemporánea, donde el liderazgo profesional corre el riesgo de confundirse con visibilidad mediática, éxito individual o posicionamiento institucional.
En el ámbito específicamente médico, José Gregorio Hernández representa un referente análogo de autoridad moral basada en la virtud. Su vida profesional integró de manera armónica el rigor científico, la sensibilidad ética y el compromiso social, sin recurrir a la ostentación ni a la búsqueda de poder. Desde la perspectiva de la ética de las virtudes, Hernández encarna disposiciones estables del carácter —prudencia, justicia, humildad y compasión— que orientan la práctica médica hacia el bien del paciente y el servicio a la comunidad (7,20).
La autoridad moral silenciosa posee un alto valor pedagógico. A diferencia de los discursos normativos, los códigos de conducta o las declaraciones institucionales, estos modelos enseñan a través de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. En educación médica, donde el aprendizaje ocurre en gran medida por observación e imitación, la presencia de docentes y líderes académicos que encarnen estas virtudes resulta determinante para la formación de la identidad profesional (15).
Recuperar y visibilizar estos modelos no implica idealizar el pasado ni negar los avances de la medicina contemporánea, sino reafirmar que la confianza social en la profesión médica se construye desde la coherencia moral sostenida en el tiempo. Para la educación médica, esto supone reconocer que el silencio reflexivo, el cumplimiento responsable y la integridad discreta también constituyen competencias formativas fundamentales, aunque no siempre sean fácilmente cuantificables o visibles en los sistemas de evaluación tradicionales.
Implicaciones para la educación médica en Venezuela
Las reflexiones derivadas del análisis del cambio global de valores, de la Encuesta Mundial de Valores y de los modelos de autoridad moral silenciosa tienen implicaciones directas y urgentes para la educación médica en Venezuela. En un contexto caracterizado por fragilidad institucional, presión asistencial sostenida, migración masiva del talento humano y limitaciones estructurales del sistema de salud, la formación médica no puede reducirse a la transmisión de competencias técnicas, por necesarias que estas sean para garantizar estándares mínimos de calidad y seguridad del paciente (1,2).
En primer lugar, se impone la necesidad de recuperar la formación del carácter como eje estratégico de la educación médica. Virtudes como la prudencia clínica, la justicia, la fortaleza moral, la honestidad intelectual y la responsabilidad profesional no constituyen atributos accesorios, sino condiciones indispensables para el ejercicio ético de la medicina en contextos de escasez, incertidumbre y alta vulnerabilidad social (4,7,20). La ética de las virtudes ofrece aquí un marco integrador que permite orientar el juicio clínico más allá de la aplicación mecánica de protocolos, especialmente cuando los recursos son limitados y las decisiones tienen consecuencias morales significativas.
En segundo lugar, la evaluación del profesionalismo debe trascender los indicadores puramente técnicos, administrativos o procedimentales. Si bien la evaluación basada en competencias resulta fundamental, es insuficiente si no se acompaña de mecanismos que reconozcan conductas profesionales coherentes, compromiso ético sostenido y responsabilidad social en el ejercicio cotidiano de la medicina. La observación longitudinal del desempeño, la retroalimentación formativa y el ejemplo docente adquieren, en este sentido, un valor pedagógico central (12,15).
Asimismo, las instituciones formadoras —universidades, hospitales docentes y programas de posgrado— deben asumirse explícitamente como comunidades morales, capaces de sostener una cultura de cumplimiento, meritocracia, servicio y rendición de cuentas, incluso en entornos adversos. La coherencia entre el discurso institucional y las prácticas reales constituye un elemento formativo tan poderoso como cualquier currículo formal, y su ausencia contribuye a la erosión del profesionalismo y de la confianza social (6,17).
Finalmente, fortalecer la dimensión ética de la educación médica es una condición indispensable para la reconstrucción de la confianza social en la profesión médica. En una sociedad afectada por la erosión de valores y la desconfianza institucional, formar médicos moralmente confiables representa no solo un imperativo educativo, sino un compromiso con el bien común, la dignidad de la vida humana y la sostenibilidad moral del sistema de salud. En este sentido, repensar la educación médica desde una perspectiva ética integral se convierte en una tarea prioritaria para responder de manera responsable a las necesidades actuales y futuras del país.
Conclusión
La educación médica del siglo XXI se desarrolla en un escenario marcado por la globalización y un cambio profundo de valores, ampliamente documentado por la Encuesta Mundial de Valores. Este proceso ha transformado las expectativas sociales, las nociones de autoridad y las formas de ejercer el poder profesional, generando tensiones significativas entre competencia técnica, responsabilidad social y sentido moral de la práctica médica. En contextos como el venezolano, estas tensiones se ven amplificadas por la fragilidad institucional, la presión asistencial y la erosión de la confianza social.
El recorrido analítico propuesto en este artículo, motivado por el texto compartido por el Dr. Acacio Sandia sobre Rafael Alfonzo Ravard, permite reconocer que la competencia sin virtud es frágil y que el profesionalismo auténtico no puede sostenerse únicamente en normas, indicadores o certificaciones. La medicina, entendida como una práctica moral, exige profesionales capaces de ejercer el conocimiento y el poder clínico con prudencia, justicia, integridad y humildad, especialmente en escenarios de incertidumbre y vulnerabilidad humana.
En este sentido, la ética de las virtudes emerge como el fundamento antropológico y pedagógico más sólido para responder a los desafíos contemporáneos de la educación médica. Integrar las virtudes al enfoque por competencias no implica un retroceso ni una negación de los avances técnicos, sino una profundización del sentido del acto médico, orientando la formación no solo hacia el saber hacer, sino hacia el ser profesional que la sociedad necesita.
Educar médicos hoy significa, en última instancia, custodiar la vida, la dignidad humana y la confianza social, incluso —y especialmente— en tiempos de cambio acelerado de valores. Esa ha sido siempre la tarea esencial de la educación médica y continúa siendo su responsabilidad irrenunciable para el futuro.
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